La mañana de hoy borró las líneas del mundo. Salí a caminar por la zona de quintas en Bolívar y me encontré con un paisaje suspendido en el tiempo. La niebla densa y baja transformó las arboledas familiares en siluetas fantasmales y misteriosas.
En este rincón bonaerense, donde el horizonte suele ser infinito y llano, la niebla trajo un límite inesperado.
Caminar así obliga a mirar el suelo que se pisa. El pasto húmedo, el olor a tierra mojada y el silencio casi absoluto dictan un ritmo pausado. Las quintas, separadas por alambrados que hoy parecen no terminar en ningún lado, guardan sus historias detrás de un velo blanco.
Esta caminata se convirtió, casi sin querer, en un ejercicio de introspección. Cuando el afuera se apaga y lo visual desaparece, el adentro gana volumen. La niebla nos recuerda la importancia de avanzar a ciegas, confiando en el siguiente paso aunque no veamos el destino final. En un mundo que exige certezas constantes, la llanura escondida de Bolívar me regaló hoy la belleza de lo incierto.



















