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martes, 15 de octubre de 2019

TODA LA BELLEZA EN TORNO A UN PUEBLO EN EL MEDIO DE LA NADA



Tolar Grande es un pueblo enclavado en el corazón de la Puna salteña, fundado alrededor de la Estación del Ferrocarril Belgrano, cuando la actividad minera estaba en pleno desarrollo. Para llegar a este poblado desde la ciudad de Salta, hay que recorrer 357 Km. atravesando la Quebrada del Toro, pasando por el pueblo de San Antonio de los Cobres y por pequeños caseríos mimetizados por el árido paisaje puneño.




Por la ruta provincial 27, pasando por el Salar de Pocitos se llega a Tolar Grande, esta localidad ubicada a 3, 500 m .s.n.m. cuenta con cuatro circuitos turísticos para recorrer a pie: Agua del Carancho y Ojo de Mar de a 4 Kms en donde se puede observar flora y fauna autóctonas de la Puna, manantiales de agua dulce y se puede caminar sobre el salar de Tolar Grande y así se llega a Ojo de Mar.

Otro circuito es la Cueva del Oso y Arenales en cuyo trayecto no se observa nada de vegetación ni animales. solo tierra árida y la sequedad de la Puna, que da una sensación de estar en otro planeta.








El tercer circuito es El Mirador, en su recorrido se observan cerros de sal y banco de yesos, llegando al mirador se ve en su totalidad el Salar de Arizaro, uno de los mas grandes del mundo y todos los Volcanes que lo rodean, como ser el Llullaillaco, Socompa, Arizaro, Aracar, Guanaquero, Macón y otros mas.












La Casualidad, un pueblo fantasma en La Puna




Conocer el campamento de la mina La Casualidad en Salta, en plena puna, con paisaje cordillera casi en el limite con Chile. Es una experiencia movilizante y una historia para recordar y sacar conclusiones.

La mina La Casualidad en Salta, ubicada en plena puna, con paisaje extraplanetrio cordillera casi en el limite con Chile, es una de las actividades que propone Tolar Grande.




Este pueblo –fundado en 1951– estaba habitado por peones, ingenieros, expertos en minas, mujeres y niños, que contaban con un pequeño hotel, confitería, escuela primaria y secundaria, iglesia, cine, teatro, canchas de básquet y fútbol, oficina postal, servicios de luz, teléfono, gas natural, red cloacal y agua corriente, y acceso por ruta.




Allí nacieron, crecieron, se educaron y trabajaron casi tres mil personas desde su fundación hasta el año de su prematuro cierre en 1979. En ese lugar se procesaba el azufre que se extraía de un cerro limítrofe con Chile, donde estaba la bocamina La Julia, y por un moderno cable carril de 15 km se lo llevaba en su estado natural dentro de vagonetas de unos 200 kg hasta el campamento, para ser enviado en camiones hasta Caipé (pequeña estación de ferrocarril), y desde allí por el ramal C-14 hasta Salta (línea Gral. Belgrano, la misma del actual tren a las nubes, que en esa época llegaba hasta Chile).





A fines de los setenta, argumentando cuestiones económicas, el ministro Alfredo Martínez de Hoz hizo cerrarla por decreto. Vendría la época en que se favorecería la importación en desmedro de la industria nacional. Fue así que la mina se desmanteló. El pueblo en consecuencia fue abandonado.
Hoy su vista es estremecedora: la magnificencia de la puna y sus montañas giganteslos interminables “mares blancos” que forman los salares, sus “ojos de mar” (oasis de agua dulce) donde habitan flamencos rosados, las coladas de lava que atraviesan las rutas, los guanacos y vicuñas que caminan apacibles y hacen de este su dominio; la ciudad “fantasma” en el medio de la nada, con el viento como único sonido.



Un fino y alargado hilo amarillo sobre las laderas, son el signo de que alguna vez pasó por arriba el cable carril volcando azufre como reguero. Sólo pedazos de cable, alguna vagoneta caída y una única torre de acero resistiendo de pie, quedan como símbolo de aquella época.
Frente al pueblo, la planta que fuera la más importante azufrera del país, muestra en hierros retorcidos sus tolvas, calderas y chimeneas.
La capilla está desnuda por fuera y por dentro, un gran tablón de madera apuntalado hace las veces de puerta y sólo una cruz de madera amurada a la pared indica que hubo un pequeño altar; ingresar a la escuela produce sensaciones encontradas, un aula vacía, con su pizarra vetusta y un solo pupitre invita a imaginar a los pequeños aprendiendo sus primeras letras.




Cómo Llegar

Desde Salta, se toma la Ruta Nacional 51 que va hacia el paso de Sico, pasando por las localidades de Santa Rosa de Tastil, San Antonio de los Cobres, hasta Olacapato. Luego debe continuarse por la Ruta Provincial 27 en dirección al poblado de Tolar Grande al que se llega luego de pasar por el salar de Pocitos y del Diablo. A partir de esta población, se atraviesa el inmenso salar de Arizaro en dirección Oeste y desde allí hacia el Suroeste hasta la abandonada estación de ferrocarril de Caipé. Por la misma ruta, en dirección Sur y aproximadamente a 500 km de la ciudad de Salta, se encuentra la Mina de La Casualidad.




Qué paisaje tan extraño DESIERTO DEL DIABLO Y LOS COLORADOS Tolar Grande, SALTA


Un viaje por la Puna salteña hasta el pueblo kolla de Tolar Grande y visitar algunos de los rincones más extraños, enigmaticos y cautivantes ademas de apartados del país, como el Desierto del Diablo y los Colorados, además podes llegar hasta el salar de Arizo y visitar el cono de Arita.

El pueblo de Tolar Grande está casi escondido en uno de los rincones más áridos –llueven 100 mm. por año–, más deshabitados –0,3 hab/km2– y más aislados de la Argentina. Se llega en un viaje de 9 horas desde la capital salteña, pasando de los verdes paisajes del valle de Lerma a la sequedad más extrema y la ausencia casi total de vida animal y vegetal. Pero esos inhóspitos paisajes tienen como contraste un colorido como quizás no haya otro en el país, un exotismo de formaciones geológicas dignas de otro planeta, y una riqueza cultural autóctona muy singular. Por eso esta travesía andina es un gran viaje en el sentido clásico del término, donde uno sale al encuentro de panoramas desconocidos y de personas con un modo de vida y creencias que tienen muy poco en común con nuestra cotidianidad.






DESDE SALTA La travesía a la Puna salteña comienza en la capital provincial por la Ruta Nacional 51, recorriendo casi todo el trayecto del Tren a las Nubes, al cual vemos pasar al costado de la ruta y cuyas vías cruzaremos varias veces. Rápidamente recorres el valle de Lerma con sus grandiosas montañas para desembocar en la quebrada del río Toro.

Y de repente descubrimos en la parte baja de un valle al pueblo de San Antonio de los Cobres, rodeado de cumbres que sobrepasan los 5500 metros.

A partir de San Antonio de los Cobres entramos en la Puna, esa dura superficie plana que no se quebró al surgir los Andes y se elevó junto con ellos hasta los 3500 metros, conformando una árida altiplanicie con suaves ondulaciones.






La Ruta 51 sube hasta el abra del Alto Chorrillo, el punto más alto del viaje: 4560 metros. Ya en San Antonio la vegetación había desaparecido casi por completo, salvo por unos fragmentos amarillos de pasto puna. Pero al llegar al abra ya no queda rastro alguno de vida sobre la tierra.

A partir de allí comenzas a descender hasta el pueblo de Olacapato –4120 m.s.n.m.– cuyos 100 habitantes viven en casas de adobe que brotaron de la tierra alrededor de una estación de tren ya abandonada.







Luego pasas por el Salar de Pocitos –una planicie perfecta totalmente blanca– y la Recta de la Paciencia que atraviesa la nada. En el laberinto geológico de Los Colorados, el camino caracolea a lo largo de 20 kilómetros entre unos cerritos rojos de punta redondeada. Luego el paisaje se abre en una nueva planicie, en este caso totalmente roja: el Desierto del Diablo –no hay que olvidar que estamos en una extensión del Desierto de Atacama–, una de las cumbres de este viaje con ribetes interplanetarios, donde pareciera que el mundo que nos rodea es un planeta rojo sin indicios de vida.

La planicie del Desierto del Diablo está rodeada por cerros sedimentarios del precámbrico también rojizos, que le otorgan un aura surrealista a este paisaje bautizado así por los habitantes de Tolar Grande porque muchos aseguran haber visto allí sombras en la noche. Y ya en la década del ’40 muchos mineros vieron siluetas oscuras sentadas en una piedra llamada La Mesa. Al dejar atrás el valle rojizo pasamos sin transición a otra dimensión extrema, en este caso de una blancura absoluta que irradia del Salar del Diablo.




La última parada antes de Tolar Grande es en el Mirador del Llullaillaco, ese volcán de 6739 metros donde se encontraron tres famosas momias incas, unas vírgenes ofrendadas al sol que se pueden ver en el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAM) en la ciudad de Salta.