Esther Doys es la propietaria dsl lugar, que todos los dias atiende a los viajeros, en especial a camioneros que se detienen para prepararse un asado, tomar algo fresco o alguna mateada, conocida y protegida por varios vecinos de campos y en especial a Leo Benbenuto que està al cuidado de la escuela 60, que se encuentra cerrada. El parador se encuentra un poco abandonado, tras un fuerte tornado hace 2 años y ademas del fallecimiento de un encargado que tenia el lugar de origen indigena de apellido Baigorria. El almacén, fundado en el año 39 por don Francisco Doys, es actualmente sostenido por su hija Esther, que es la única persona de la familia que queda y que cada mañana del año bien temprano abre sus puertas invariablemente.
Esther nos presenteo a Leo a cargo de la escuela y nos ofrecio amablemente poder quedarnos en el predio, ofreciendonos electricidad y su amistad.
Encuentros.
El formato era, y es, sencillo: prender un fuego generoso y comunitario, llevar cada uno un churrasquito para hacer, Baigorria les daba la leña (que se compensaba con una vaquita entre los asistentes), comprarle las bebidas a la bolichera para que hiciera su ganancia y escuchar a los músicos y cantores.
Ese modesto primer encuentro habrá reunido a no más de una quincena de entusiastas. El querido Héctor Jordán, vecino de la Esther, convocado de sopetón, cuando ya estaba el asado listo, gran músico y que desde entonces es uno de los sostenedores del encuentro, y el Negro Puegher, renombrado músico y maestro de guitarra, hicieron de artistas principales, acompañados de un par de empeñosos musiqueros que con más pasión que destreza amenizaron la noche también.
El segundo, al verano siguiente, fue más accidentado: se largó un tormentón que los obligó a cruzar la ruta parrilla en mano y sujetando los chorizos para buscar refugio en la escuela (Héctor Jordán, miembro también de la cooperadora, fue hasta su chacra a buscar la llave para ingresar al salón de actos). Aquel segundo encuentro tuvo también de particular que contó con la participación de nuestro gran escultor pampeano Raúl Fernández Olivi, músico también él, que junto con Alberto Acosta sumaron desde ese día la pata santarroseña del encuentro. De Winifreda, se agregó también en esa edición Alberto Russmann, con sus canciones humorísticas basadas en hechos y personajes del pueblo.
Así, desde esos orígenes cuasi silenciosos, lejos en la ruta y al abrigo de las estrellas, el Doys fue creciendo, sumando verano a verano asistentes y anécdotas. Los que se enteraban se interesaban con la propuesta, músicos y cantores locales y no tanto se fueron arrimando (es el caso del grupo “Los Alpatacos”, de Chiflín D’Amico, de Jorge Rodríguez -hijo del mítico Nicasio-, de Pedro Cabal, de Diego Rasch, de Pochin Lo Surdo y otros).
Como un impensado bastión criollo, la música propia ha sido el común denominador de todos los intérpretes, mayoritariamente folclore, aunque suelen oírse canciones, tangos y hasta alguna verdulera que se anima con bailables de antaño.
Con el tiempo también se sumaron voluntades a la organización, que inicialmente no era otra cosa que acordar con la bolichera para que se pertreche y anunciarlo por la página de Facebook, pero que en las últimas ediciones agregó sistemas de sonido y hasta luces de festival.
Pasamos un fin de semana genial acompañados de buena música y cosechando amigos, que seguramente volveremos a encontrarnos.
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